| El héroe aún vive |
| Escrito por Mirta Ojito | |||
| Domingo 07 de Febrero de 2010 00:00 | |||
![]() J. D. Salinger Hace 30 años este mes, cuando regresé a casa después de pasar 45 días trabajando en campos de tabaco en las afueras de La Habana con mis compañeros de clase, mi maestro de Física me regaló un libro. "Creo que estás lista", dijo, como si estuviera transmitiéndome un secreto antiguo, o un manual para decodificar el final de la adolescencia y el principio de la adultez. El libro era El Guardián en el Trigal, de J. D. Salinger. Yo había acabado de cumplir 16 años. Fue unos meses después, ya en el sur de la Florida, cuando descubrí el título en inglés de ese libro, The Catcher in the Rye. Pero para entonces, no importaba cuál era el título ni en qué idioma lo había leído, porque ya había quedado cautivada por Holden Caulfield, no en un sentido romántico, aclaro, sino como si fuera real, como si fuera un amigo. "Lo que más valoro es cuando uno queda completamente agotado después de leer un libro y desea ser amigo del autor y poder llamarlo por teléfono en cualquier momento", dice en el libro Holden Caulfield, que también tenía 16 años. Y eso es exactamente lo que tanto deseaba hacer durante los tres últimos meses que viví en Cuba, cuando mentalmente y en silencio empecé a deshacer mi antigua vida y a reconstruir mi percepción de mí misma como desertora. Al igual que Caulfield, estaba desencantada con las mentiras que me habían contado toda mi vida. Estaba cansada de la hipocresía y de las máscaras que los adultos que me rodeaban usaban a toda hora --con la notable excepción de mis padres-- para sortear la vida en la Cuba comunista. Estaba cansada del constante llamado al sacrificio y al deber. Sabía que era el momento de irme. El día después de instalarme en la casa de mi tío en Hialeah, tras llegar el 11 de mayo de 1980 en una de las embarcaciones que trajeron a más de 125,000 cubanos al sur de la Florida en el éxodo del Mariel, una prima vino a visitarme y me preguntó qué necesitaba o qué quería. Le pedí El Guardián en el Trigal, que había mantenido junto a mi cama, con la intención de traerlo a Estados Unidos y que, a última hora, con la policía en la puerta apurándonos para que nos fuéramos, había olvidado. Mi prima no encontró una traducción del libro al español y me trajo una sencilla edición en inglés, con una tapa roja y el título en letras de molde amarillas. Fue con ese libro, que había memorizado, con el que empecé a enseñarme inglés. Todavía lo tengo, con las impenetrables palabras subrayadas: lousy, crap, touchy, stuff, nice, goddam. En las primeras 58 páginas, prácticamente cada palabra está subrayada. Después los subrayados son más esporádicos. He leído que desde que fue publicado los lectores se han identificado inmediatamente con Holden Caulfield porque es un héroe inquieto con ansiedad adolescente, lleno de vida y de contradicciones. Sí, eso es cierto. Pero lo que más me atrajo cuando lo descubrí fue la forma en que sabía que, a pesar de todo, era esencialmente libre. La forma en que se fue del internado, tomó un tren, llegó a Manhattan, se montó en un taxi, se hospedó en un hotel, fue a un bar, y así sucesivamente. Para una joven como yo, nada podía haber sido más embriagador: la idea de que en alguna parte había un adolescente de mi edad que se podía sentir dueño de su ciudad. Como si la ciudad no tuviera secretos, o, si los tenía, se le revelarían en su debido momento. Aunque sólo fue por un corto tiempo, Caulfield tenía en sus manos el control de su vida. Y la ciudad donde descubrió su libertad fue Nueva York, la ciudad que ya también es mía. noche, mi hijo llegó tarde a casa y entró a mi cuarto para darme las buenas noches. Por supuesto, yo estaba despierta, esperándolo. "Mamá, debes ver la nieve", me dijo, un poco agitado. "¡Qué lindo está todo! Estaba caminando con la lengua afuera, tratando de atrapar algunos copos". Se notaba: su cara estaba helada y roja a la vez, como sólo puede estar la cara de un joven de 15 años. Me levanté y lo seguí hasta la ventana. Nos quedamos un rato mirando la nieve, en silencio. "Te gusta Nueva York, ¿no?", le pregunté. "Sí, me gusta mucho", dijo. Y se fue a dormir con una sonrisa en el rostro. J. D. Salinger murió hace 11 días, pero Holden Caulfield aún vive.
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