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Repriman sus aplausos
Escrito por Alex Ross   
Jueves 15 de Julio de 2010 02:57
Índice de Artículos
Repriman sus aplausos
El concierto clásico del siglo XVIII y comienzos del XIX...
Lo de la orquesta escondida no pegó...
La sinfonía Patética de Chaikovski...
Durante los debates sobre el aplauso en los años veinte...
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El más tiránico mandamiento de la música ha reducido al público a un manojo de nervios. Entre el aplauso temeroso, la tos, el silencio y la huida, ¿cómo responder al final de cada movimiento?
Ilustración de Adrián Fruitós

Ilustración de Adrián Fruitós

El otoño pasado, Barack Obama fue el anfitrión de una velada de música clásica en la Casa Blanca: un evento de poca importancia, que ahora es más bien una ocurrencia estrambótica. Antes de empezar la música, Obama dijo: "Si entre el público hay algunos neófitos en música clásica y no están seguros del momento en que deben aplaudir, no se pongan nerviosos. Aparentemente el presidente Kennedy tenía el mismo problema. Él y Jackie ofrecieron muchos eventos musicales aquí, y varias veces él empezó a aplaudir cuando no debía. Así que el encargado de protocolo ideó un sistema mediante el cual le indicaba el momento correcto haciendo un ruido en la puerta del vestíbulo. Yo ahora, por fortuna, tengo a Michelle que me avisa cuándo aplaudir. Ustedes quedan bajo su propio riesgo.

Obama se estaba divirtiendo a expensas de la regla antiaplauso, un principio central en la etiqueta de la música clásica en tiempos modernos, que sostiene que uno debe abstenerse de aplaudir hasta que hayan sonado todos los movimientos de una obra. Ningún otro aspecto en el ritual del concierto clásico parece ser más enigmático. El problema no es que la regla antiaplauso sea tan arcana que ni un profesor de leyes convertido en presidente la pueda dominar. El problema es que la etiqueta y la música van a veces en direcciones opuestas.

Cuando una persona promedio oye el final del tercer movimiento de la sinfonía Patética de Chaikovski, su instinto inmediato es aplaudir. La música misma parece exigirlo, incluso suplicarlo. La palabra "aplauso" viene de la instrucción plaudite que aparecía al final de las comedias en la antigua Roma, ordenando al público que hiciera ruido con sus palmas. Acordes como ésos de Chaikovski son el equivalente musical de plaudite. Casi imitan la acción de juntar las palmas porque la orquesta confluye en una serie de sonidos rápidos percutidos.

Si alguna vez el presidente Kennedy o el presidente Obama aplaudieron después del tercer movimiento de la sinfonía Patética, o del primer movimiento del concierto Emperador de Beethoven, o en otros instantes "incorrectos", intuitivamente estaban siguiendo instrucciones contenidas en la partitura. Esto explica por qué a los neófitos les genera tanta ansiedad el tema; incluso parece que el miedo al aplauso incorrecto los inhibe de ir a conciertos, aunque también pueden estar inventando excusas. Los niños representan una inquietud particular. Si uno examina la literatura de varias asociaciones de educación musical, notará que la supresión del entusiasmo infantil es una preocupación importante. A veces los programas de mano contienen una pequeña lista de reglas redactadas al estilo de Dios en el monte Sinaí: "No aplaudirás entre movimientos de sinfonías u otras obras multiseccionales". Y suele insistirse en que la única respuesta sonora sea el aplauso. Uno no debe hacer otros ruidos, por ejemplo, con la voz.

En el fondo, el mensaje de este protocolo es: "Modera tu entusiasmo. No te emociones demasiado". ¿Debería sorprendernos que a la gente ya no le entusiasme la música clásica como antes? La cuestión de la etiqueta es apenas una parte, quizá muy pequeña, del dilema social en que se encuentra esta música: un arte acústico en una cultura electrónica, una forma extensa en tiempos de atención fugaz. Tal vez el tema del aplauso sea trivial para un cometido tan noble. Soy consciente de que, al ser fundada, la Sociedad Filarmónica Real se propuso "la interpretación, en la manera más perfecta posible, de la mejor música instrumental consistente en obras completas". Abstenerse de aplaudir en la mitad de una obra es una manera de respetar su integridad. Como asistente a conciertos desde que tenía cinco o seis años, crecí obedeciendo el mandamiento y siempre quedo sobresaltado cuando se quebranta.

No obstante, me genera inquietudes, como también me las generan otros tics de la vida de conciertos: las vestimentas que parecen de la época de Eduardo VII, el esquema de iluminación tipo centro de convenciones, la exagerada compostura del músico profesional, como si nada lo afectara. Yo no planeo aquí ofrecer remedios: si el formato debiera cambiar, y cómo debiera cambiar, no son preguntas fáciles. Lo que sí me gustaría es ver aproximaciones más flexibles, que la naturaleza de la música dictara la naturaleza de la presentación... y por extensión, la respuesta del público.



 

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