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Nuestra frágil historia
Escrito por Juan Gabriel Vásquez   
Domingo 29 de Enero de 2012 23:09

Sucedió hace una semana: Harald Beyer, ministro de Educación chileno, anunció que en los textos escolares de historia la dictadura de Augusto Pinochet ya no sería dictadura, sino régimen militar. La dictadura de Pinochet, sí: con sus tres mil muertos, con sus desaparecidos, con su brutal censura, con sus torturas y persecuciones y, sobre todo, con sus 17 años de vida sin elecciones, que son —probablemente más que las torturas y las persecuciones y los tres mil muertos— lo que define a una dictadura. "Se usa la palabra más general, que es régimen militar", declaró el ministro según los periódicos que he leído. A lo cual habría que decir, primero, que "régimen militar" no es una palabra, sino dos; y segundo, que la obligación de un libro o de un manual de historia no es, justamente, la de usar lo general, sino la de ser tan particular, tan concreto, tan específico como sea posible. La historia se enseña y se debería enseñar siempre combatiendo las generalizaciones, usando el lenguaje de las humanidades como los taxónomos usan el lenguaje de la ciencia: para clasificar y distinguir y jerarquizar. En suma: para ordenar. Un lenguaje desordenado desordena la realidad. Y luego no hay quien vuelva a ordenarla.

La cosa debe de estar de moda —las derechas culpables de todo el mundo preocupándose de repente por limpiarse la cara—, porque algo muy parecido ocurrió en España hace unos meses. El nuevo Diccionario biográfico español, responsabilidad de la Real Academia de la Historia, incluyó un texto biográfico sobre Francisco Franco en que el historiador Luis Suárez hace maromas inverosímiles para no usar la palabra dictador, y así sucedió que en el más oficial de los documentos históricos la naturaleza del franquismo —con sus muertos, con sus torturados, con su censura, con sus perseguidos, y sobre todo con sus 36 años sin elecciones— quedaba repentinamente transformada. Vargas Llosa, Cercas y Trapiello reaccionaron con indignación ante ese desorden: ante esa presencia en nuestras democracias de una terca tendencia revisionista. Y se prometieron correcciones.

En junio del año pasado, durante una visita que hice a Ciudad de México, mi amigo Alberto Ruy Sánchez me llevó a la casa de Trotsky. Ya saben ustedes: la casa de la colonia del Carmen en que León Trostky vivió sus últimos años, la casa en que sobrevivió a un atentado del estalinismo en mayo de 1940, la casa en que murió tres meses más tarde, asesinado a golpes de picahielo por Ramón Mercader. En el museo hay una fotografía especial: en ella, Trotsky está de pie junto a una tarima donde Lenin lanza un célebre discurso. Según me explicaron, esa fotografía recibía anualmente la visita de miles de rusos, porque en Rusia esa fotografía no existe. Mejor: existe, pero trastocada: Stalin mandó que de ella fuera borrada la imagen de Trostky, su gran enemigo. Así la reproducen, al parecer, los libros y los manuales de historia que se publicaron durante el estalinismo, y así —sin Trotsky— la vieron y la conocieron generaciones enteras de ciudadanos. La historia de ese triste capítulo del siglo XX dio la batalla y sobrevive en una pared de la calle Viena, en Coyoacán, México. Pero lo que queda claro es la terrible y temible fragilidad de nuestro pasado, y la necesidad de nuestra constante vigilancia.

[ En http://prodavinci.com ]


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