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El nuevo catecismo. Apuntes sobre perezas mentales colectivas
Escrito por Fernando Escalante Gonzalbo   
Miércoles 24 de Agosto de 2011 22:09

perezas

En los años sesenta y setenta del siglo pasado, en México y en buena parte del mundo estuvo de moda el marxismo. En las universidades, en los libros académicos, en la prensa, incluso en los discursos políticos se usaba normalmente un lenguaje marxista o de inspiración marxista con cualquier motivo y para cualquier cosa. Bien: no era marxismo en ningún sentido serio de la palabra, sino una Vulgata, una serie de clichés y frases hechas, consignas, unas cuantas palabras, que daban a entender todo lo demás, que no se entendía, y que tenían su inspiración explícita en Marx, sin que hiciera falta haberlo leído.

Eso, lo que aparecía como marxismo entonces, cumplía con una serie de funciones simbólicas y expresivas que iban mucho más allá de su improbable utilidad como explicación. Era un lenguaje que servía como recurso de afirmación de una identidad, como signo de distinción, como contraseña, como indicio de sofisticación intelectual, de quien no se deja engañar. El lenguaje marxista, o eso que pasaba por ser lenguaje marxista, servía para decir que uno era inteligente, muy inteligente, y avisado y descreído, astuto, desencantado, y que no se hacía ilusiones. Eso, ese marxismo, el marxismo de Marta Harnecker, para entendernos, tenía la ventaja de ofrecer explicaciones prefabricadas que quedaban de maravilla para cualquier caso sin necesidad de saber nada; la gente opinaba lo mismo sobre Israel que sobre Argentina, y tenía ideas firmísimas sobre lo que sucedía en el Congo, Vietnam o Alemania. No hacía falta meterse a investigar, no hacía falta tomarse la molestia de mirar la historia ni buscar ninguna información empírica, porque todo estaba en el modelo.

Todo lo que uno necesitaba saber estaba en las consignas. Todo estaba en las dos o tres frases que había que repetir, con exactitud ritual, para explicar cualquier cosa, en cualquier rincón del planeta: la lucha de clases, la revolución, la plusvalía, el imperialismo, la superestructura…

Seguramente sobra decirlo, pero por si acaso digamos que no era eso lo único que había en las universidades, ni era lo único que producía el marxismo. Había en el mundo marxistas brillantes, extraordinarios, como E. P. Thompson, y había en México, como en el resto del mundo, magníficos académicos, escritores, intelectuales y periodistas que no eran marxistas ni por asomo. Es verdad, sin embargo, que esa caricatura de marxismo: chata, primitiva, beligerante, superficial, formaba parte del espíritu del tiempo.

En mi opinión, no era ni radicalismo ni intransigencia. No era producto de una convicción revolucionaria. Los marxistas de entonces, en su inmensa mayoría, no habían leído a Marx. Tampoco les importaba mayormente. Aquello era pura pereza mental, inercia, en mezclas variables con falta de imaginación, ordenancismo y espíritu gregario.

El mundo ha cambiado mucho, hoy en día es difícil encontrar un marxista. Pero en el fondo, si se piensa bien, no ha cambiado nada. En la vida pública dominan la misma pereza mental, la misma inercia, la misma afición por las consignas y la misma necesidad de verdades definitivas.

Se habla hoy de mercados, eficiencia, maximización, racionalidad e incentivos como en otro tiempo se hablaba de la lucha de clases. Es, como antes, un catecismo bastante vulgar, un conjunto de frases hechas y automatismos mentales, algo tan abstracto y chato como el marxismo más adocenado de los años setenta. Aquello era ridículo, esto también.

Nuestros liberales de hoy, llamémosles así, hablan con la misma fatuidad que los sedicentes marxistas de hace cuarenta años, y sin necesidad de pensar siquiera salen con que se ha demostrado que El Mercado, y se ha demostrado que La Competencia y se ha demostrado que Los Incentivos, igual que hace cuarenta años se había demostrado que La Lucha de Clases. Menosprecian disciplinas enteras, décadas de conocimiento acumulado de la sociología, la antropología, la economía, con el mismo ademán con que antes se descartaba la "ciencia burguesa". Nuestros liberales de hoy van con la corriente, siguiendo el movimiento de una marea que comenzó a subir hace treinta años; no hacen más que repetir las simplezas más rudimentarias de la opinión común, pero además convencidos todos de ser rebeldes, herejes, libertarios, casi víctimas, perseguidos por una imaginaria izquierda estatista y corrupta.

Para poder hablar de cualquier tema sin necesidad de estudiar ninguno no tienen más que extender la metáfora del libre mercado. El resultado es fantástico, porque resulta que podemos pensar en la religión como un mercado y podemos pensar la familia como un mercado, y la educación y la ciencia, y todo se entiende de maravilla. Como antes con la lucha de clases. Y la misma receta sirve para todo. Antes era la revolución, hoy es el libre mercado. Incluso después de 2008, y sabiendo lo que sabemos. Igual que hace cuarenta años, no es más que pereza mental.

[ En http://www.elmalpensante.com ]


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