| En el mar de la confusión total |
| Escrito por Armando Durán | |||
| Domingo 21 de Febrero de 2010 12:04 | |||
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Hace 15 años, desde el Aula Magna de la Universidad de La Habana, Hugo Chávez ofreció conducir a los venezolanos hasta las orillas de un mar de la felicidad similar al cubano. Desde entonces, no se ha apartado ni un ápice de la desmesura de este propósito, pero por ahora, gracias a la insuficiencia de su gestión y a la corrupción reinante en todos los ámbitos materiales e ideológicos del régimen, en lugar de socialismo marxista leninista, lo que en verdad ha logrado imponerle a Venezuela es una permanente ceremonia oficial de la confusión. Recordemos algunos ejemplos recientes. Elías Jaua y Alí Rodríguez Araque fueron la semana pasada protagonistas de un episodio insólito. Todo comenzó en Bogotá, con la propuesta de venderle energía eléctrica a Venezuela para contribuir a suavizar el impacto devastador de una crisis eléctrica que, de no ser controlada a corto plazo, pronto condenará al país a una oscuridad densa y explosiva. No sabemos si Jaua lo consultó con Chávez, pero en todo caso no demoró mucho en rechazar la oferta de la manera más tajante. Bajo ningún concepto la Venezuela de Chávez iba a firmar un acuerdo energético con el gobierno de Álvaro Uribe. Apenas dos horas más tarde, Rodríguez Araque, seguramente escandalizado por esa intolerancia suicida, desmintió al vicepresidente: el Gobierno sí estaba dispuesto a estudiar la oferta colombiana. Sólo que muy poco después, sin duda porque así se lo exigió Chávez, Rodríguez Araque se dio la espalda a sí mismo. La oferta colombiana, sostuvo ahora, despedía un desagradable tufillo a maniobra política y Venezuela, antes de fijar posición definitiva, primero debía recibir los detalles de la oferta. Un sí pero no que nuevamente nos dejaba a merced de la ambigüedad y el desconcierto. Dentro de este marco de contradicciones infructuosas, la Agencia Bolivariana de Noticias puso su granito de arena en lo que bien puede terminar siendo la mejor forma de definir y explicar la naturaleza real del régimen. En un cable que hundió de repente a los caraqueños en la más atroz de las inquietudes, informaba que el Gobierno aplicaría en Caracas un nuevo plan de racionamiento eléctrico. El segundo ingrato capítulo del disparate llamado Plan de Racionamiento para la capital, que el propio Chávez debió suspender abruptamente 24 horas después de haberse puesto en marcha, para evitar el colapso de la capital. Las autoridades de la Electricidad de Caracas se vieron obligadas a refutar de inmediato a la agencia oficial de noticias. Por su parte, Chávez no deja de exhortar a sus partidarios a unirse y organizarse para superar satisfactoriamente el desafío electoral del próximo 26 de septiembre, como si en efecto Venezuela fuera la más perfecta democracia representativa del universo. Exactamente la misma ambigüedad que lo llevaba, a pesar de su postura radical contra el imperio yanqui y contra George W. Bush, a asociarse con la Chevron para explotar conjuntamente un rico yacimiento petrolero en la Franja del Orinoco. Al mismo tiempo, Jacqueline Farías nos advertía el miércoles que “no puede haber una Asamblea Nacional con gente que no tenga el respaldo del pueblo”, deplorable declaración que echa por tierra el valor legitimador que le atribuye Chávez a los procesos electorales y que en la práctica equivale a señalar que sólo los candidatos chavistas electos en las urnas de septiembre contarán con ese respaldo, mientras que los candidatos opositores, por el simple hecho de oponerse a Chávez, no contarán con ningún respaldo popular. De acuerdo con este razonamiento de ciega y extrema intolerancia, si alguno de ellos resultara por casualidad electo, el fenómeno sucedería al margen por completo de la verdadera voluntad de los electores. Si no atravesara Venezuela por la peor crisis de su historia desde los tiempos de la Guerra Federal, estos y tantos otros episodios iguales o parecidos serían motivos válidos para morirse de risa. Los excesos de las decisiones improvisadas de Chávez, sin embargo, responden a lo que Fernando Arrabal y Alejandro Jodorowsky, allá por 1963, precisaron como las líneas maestras del pos-surrealista Movimiento Pánico, que acababan de fundar. Fusión de elementos opuestos, terror, humor y simultaneidad, como “himno al talento loco” que nos serviría, entre otras cosas, para desacreditar y enfrentar el absolutismo de la razón pura. Quizá por esta laberíntica razón, el Partido Comunista de Venezuela, que sí es marxista y leninista, ha reiterado esta semana que ciertas acciones y omisiones del Gobierno no contribuyen en absoluto a la construcción de una sociedad socialista en Venezuela.
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