Odio de caudillo
Escrito por Daniel Morcate   
Viernes 27 de Enero de 2012 21:05
Venezolanos residentes en la Florida protestan el sábado pasado por el cierre del consulado en Miami. La medida se produjo después que Washington ordenó la expulsión de la cónsul general Livia Acosta. CHRISTINE ARMARIO / AP

Venezolanos residentes en la Florida protestan el sábado pasado por el cierre del consulado en Miami. La medida se produjo después que Washington ordenó la expulsión de la cónsul general Livia Acosta. CHRISTINE ARMARIO / AP

El repunte del caudillismo en América Latina ha dividido también a sus gobiernos entre aquellos que respetan y promueven los derechos e intereses de sus ciudadanos emigrados y aquellos que se los pasan por el forro. Entre estos últimos, el régimen matusalénico de los hermanos Castro es el insustituible decano. Pero el del caudillo venezolano, Hugo Chávez, quiere hacerle la competencia con decisiones como el reciente cierre aspaventoso y resentido del consulado de Miami. Como es sabido, ese centro atendía los trámites diplomáticos, comerciales y monetarios de cientos de miles de venezolanos no solo de la Florida, sino también de Georgia y las Carolinas. Pero Chávez ordenó cerrarlo tras su última bronca con "el imperio" por la expulsión de su cónsul, Livia Acosta, luego que Univisión expusiera los aparentes vínculos de esa perla con un plan iraní de ataques cibernéticos contra Estados Unidos.

Si el escarceo diplomático de Chávez fue con Washington, ¿por qué tomó represalia contra sus compatriotas en el exterior? Observadores de los asuntos venezolanos han apuntado ya a una razón de peso: con su decisión Chávez inhabilitó el centro donde eventualmente habrían podido votar miles de venezolanos que en su inmensa mayoría habrían apoyado a un candidato presidencial de la oposición. Fue, en parte, un cálculo de implacable lógica política, aunque ahora el caudillo lo niegue e intente hacerse el ofendido que solo busca responder a una injusticia. Al cerrar la sede diplomática donde más venezolanos sufragaban en Estados Unidos, Chávez se ahorra el tener que incluirla en sus sofisticados esquemas de manipulación y fraude electoral.

Pero el sátrapa venezolano también cerró el consulado como una forma aparatosa y pendenciera de evitar el tener que discutir los méritos de la denuncia de que su titular, Acosta, era una simple funcionaria de inteligencia a la que probablemente había consagrado más al espionaje, y acaso a la subversión, que a las labores propias de una diplomática. Los realizadores de La amenaza iraní, el documental de Univisión que reveló las oscuras credenciales de Acosta, le dieron a Caracas amplia oportunidad de responder a la denuncia que originalmente formularan jóvenes mexicanos. Pero el gobierno rechazó hacerlo. Ahora clausura de golpe el consulado para no debatir con Washington si éste era o no un nido de actividades antinorteamericanas. Redondean la taimada estrategia las descalificaciones del presidente Obama y su gobierno, las cuales han tomado el lugar de una civilizada respuesta oficial.

Como típico caudillo latinoamericano, Chávez odia a Estados Unidos y los valores democráticos que éste encarna. Pero el cierre del consulado es una prueba de que odia mucho más a los venezolanos que rechazan a su tiranía y que han votado con los pies para demostrarlo, una modalidad de votación, esa sí, que el tirano no puede manipular a su antojo. Cada venezolano que se le escapa es un venezolano que repudia sus maltratos a la oposición, su control antidemocrático del sistema de justicia, su persecución a los medios de prensa independientes y su despilfarro de las enormes riquezas naturales que deberían ser el patrimonio de todos sus conciudadanos. Repudian, en suma, "el debilitamiento del sistema democrático bajo el mandato de Chávez" que "ha contribuido a una precaria situación de los derechos humanos" en su país, según concluye un informe que divulgó Human Rights Watch el domingo pasado.

Con el cierre del consulado sufrirán miles y miles de personas que necesitan viajar a menudo o transferir dinero a Venezuela por razones familiares; ancianos jubilados en Estados Unidos que tramitaban sus pensiones a través de la sede; empresarios y comerciantes que precisan de visados y permisos para mover sus mercancías; y votantes que no han querido renunciar a la posibilidad de cambiar a su país por vías pacíficas y democráticas. Y este sufrimiento palidece si se lo compara con el de sus compatriotas condenados a padecer la tiranía en su propia tierra. Se lo deben todos al delirio populista de quienes en su momento le allanaron el camino al caudillo. Es una gran lección que, lamentablemente, los venezolanos no podrán aprovechar ya, pero que aún pudiera serles de utilidad a otros pueblos latinoamericanos cuando inevitablemente escuchen los cantos de sirena de demagogos peligrosos como Chávez.


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