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Escrito por Javier Ocaña
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Martes 21 de Febrero de 2012 21:01 |
 El actor Brad Pitt en una escena de 'Moneyball'
'Moneyball', sí, es una película sobre deporte, pero aporta más: es una reflexión sobre el triunfo y la derrota, sobre los pioneros y la profesionalidad
MONEYBALL Dirección: Benneth Miller. Intérpretes: Brad Pitt, Jonah Hill, Philip Seymour Hoffman, Robin Wright, Chris Pratt. Género: drama. EE UU, 2011. Duración: 133 minutos.
"Hay 18 jugadores con los que uno parte a la guerra, pero luego se crean vínculos de confianza. Es como la familia. Así que puede ocurrir que uno pierda la lucidez necesaria para juzgar el valor de un jugador, y eso es un gran peligro". Palabras de Alex Ferguson, mítico entrenador del Manchester United. Guerra. Vínculos. Familia. Juicios. Peligros. Lucidez. ¿Tan importante es el fútbol y, por extensión, el deporte? Más que la vida porque… acaso no es la vida. Cambien fútbol por béisbol, Europa por Estados Unidos, a Ferguson por Billy Beane, mánager general de los Auckland Athletics, y, encerrada en esa gran sentencia, tendrán Moneyball. ¿Una película sobre deporte? No solo eso: una película sobre los pioneros, sobre los que más sangran porque son los primeros que se dan contra el muro; sobre el modo de experimentar el aliento del triunfo y del fracaso; sobre la constancia, la nobleza y la profesionalidad; sobre la vida, porque todo es extrapolable a ella. Una obra extraordinaria que sin ser solo una película deportiva es una de las mejores películas sobre deporte de la historia. Y, atención, sin secuencias de partidos; apenas uno, y entrecortado.
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Escrito por Stephen Vizinczey
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Martes 21 de Febrero de 2012 20:49 |
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Tolstói estableció una comparación muy profunda entre el arte y la comida: la gente que piensa que lo más importante de la comida es el placer que nos proporciona y la exquisitez de su elaboración no entiende que la verdadera función de la comida es nutrirnos. Lo mismo puede decirse del arte. Su función principal es cultivar nuestra conciencia, nuestra alma, hacernos conscientes de que formamos parte de la raza humana, de que no estamos solos. Sin embargo, los escritores jóvenes de hoy lo tienen difícil, porque la idea más popular entre la gente es que el arte sirve para entretener, es un espectáculo.
Yo tuve la suerte de nacer en Hungría, donde el arte se consideraba un alimento espiritual. A pesar de todas las tiranías que sufrimos, encontrábamos la libertad en el arte y la poesía. El poeta siempre hablaba de sí mismo y era el tribuno del pueblo: la voz que pronunciaba las cosas que el dictador de turno no quería oír. Los poetas que yo admiraba eran personas que hablaban en nombre del pueblo, de la nación, porque nosotros no teníamos ni democracia, ni un parlamento libre, ni libertad de prensa. Grandes poetas húngaros fueron asesinados, otros tantos se murieron de hambre, otros se suicidaron, pero dejaron un legado que a los diez u once años me permitió sentirme orgulloso de mí mismo como parte de la humanidad. Gracias a ese legado supe que no estaba solo.
Lo más importante del arte, de cualquier arte, aunque yo realmente solo puedo hablar del arte de la literatura, es pues que gracias a ella aprendemos dos cosas importantísimas: que no estamos solos y que podemos comunicarnos. Tolstói afirmó que la gente que no es consciente de su historia, que desconoce lo que ocurrió antes de que ellos nacieran, son salvajes. La literatura establece un vínculo entre el sujeto y la humanidad. La tiranía bajo la que yo vivía en Hungría me enseñó estas cosas.
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Escrito por Evgeny Morozov
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Domingo 19 de Febrero de 2012 22:39 |
La Red también ha diseminado miles de sitios que socavan el consenso científico, invalidan datos firmemente acreditados y promueven teorías conspiratorias. El movimiento global antivacunación es uno de ellos
Desde sus comienzos, la Red ha sido imaginada como una central de información global, un nuevo tipo de biblioteca, con la suma total del conocimiento humano al alcance de nuestros dedos. Y todo eso ha sucedido, con un detalle adicional: además de los elementos existentes ofrecidos en sus vastas recopilaciones, los usuarios también podemos depositar en ella nuestros propios libros, folletos o garabatos sin ningún, o muy poco, control de calidad.
Tal reunión de información así democratizada -cuando está dotada de inteligentes ajustes institucionales y tecnológicos- ha sido tremendamente útil, dándonos Wikipedia y Twitter. Pero también ha diseminado miles de sitios web que socavan el consenso científico, invalidan datos firmemente acreditados y promueven teorías conspiratorias. ¿No habrá llegado ya el momento de establecer algún sistema de control de calidad?
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Escrito por David Trueba
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Domingo 19 de Febrero de 2012 22:37 |
 Ilustración: Olaf El cine comparte con la fotografía una propuesta sorprendente: la permanencia frente a la muerte. Pero, además, es un arte realista, con unos condicionantes que lo hacen pobrísimo: si quiero mostrar esta aula, no puedo fingir un aula distinta. Puedo rodar con grano o sin grano, decorar, pero no puedo cambiar el sitio. No es un heredero del teatro, sino un brazo armado de la novela. Las primeras películas tienen gran capacidad narrativa: tienen saltos temporales, son capaces de hacer un primer plano de un cuchillo, de alguien que llora, y saltar inmediatamente a una casa. Son recursos que no estaban al alcance del teatro y sí de la novela.
Los primeros guionistas vienen del periodismo, que surge mucho antes del cine pero comparte su obsesión de contar lo que ocurre. El cine hereda del periodismo la sensación de inmediatez, la sensación de hacerte creer, de hacerte ver, aunque tiene una rama emparentada con las artes visuales.
En cuanto el cine empieza a ser narrativo, se comienzan a adaptar obras literarias. Es una demostración de que también el cine mudo estaba construido con palabras. En los primeros años del cine hablado, el cine pasa una crisis de lenguaje hasta que se da cuenta de que es dos cosas a la vez: imagen y palabra. También se produce una confusión: el cine como adaptación literaria o como creación original. En realidad, el cine es siempre una adaptación. Como lenguaje, necesita adaptar cualquier idea, historia o anécdota para ofrecerla como película. Simplemente, algunas películas nacen de una obra artística o literaria previa.
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Escrito por Ibsen Martínez
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Viernes 17 de Febrero de 2012 23:19 |
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Un elemento fascinante de este libro es el modo en que traza paralelos con el actual desarreglo de las finanzas mundiales. El lector se estremece al topar en sus páginas con esta cita de Lord Keynes: "Nos hallamos en un colosal atolladero luego de fallar en controlar una máquina delicada cuyo mecanismo, sencillamente, no comprendemos".
Durante un cuarto de siglo, Liaquat Ahamed ha sido administrador de inversiones. Graduado en Economia por Harvard y Cambridge, trabajó por un tiempo para el Banco Mundial y actualmente ocupa un cago de relive en la Brookings Institution. Poniendo a salvo su currículo, hay que añadir que Ahamed es un consumado historiador económico, dueño de una prosa narrativa cautivante y de una erudición sobrecogedroa, que en 2010 le valieron el premio Pulitzer con su libro "Los Señores de las Finanzas: Cuatro Hombres que Arruinaron al Mundo" ( Deusto S.A. Ediciones, 2010)[*]
Un día de 1999, Ahamed vio en la portada de la revista Time la foto de Alan Greenspan (por entonces "chairman" de la Reserva Federal estadounidense) junto a la de Robert Rubin (el Secretario del Tesoro de entonces)y otra de Lawrence Summers (ex rector de Harvard y, en aquel tiempo, sub –secretario del Tesoro). Ahamed cuenta en una entrevista que el título de aquella edición le dio mucho en qué pensar. El título era: "El comité que salvará al mundo".En aquel preciso momento germinó lo que, luego de casi una década de investigación, sería este libro que releí en los días finales del año pasado y que hoy recomiendo con entusiasmo.La portada de Time hizo recordar a Ahamed que hubo en los años veinte del siglo pasado, un gruop selecto de hombres que encarnaban a los ojos de la prensa y del público la misma dimensión mítica de salvadores del mundo al borde de un colapso global.
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Escrito por Julie Bosman
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Viernes 17 de Febrero de 2012 23:17 |
 William J. Lynch Jr., chief executive of Barnes & Noble, with a wall full of e-readers at its site in Silicon Valley, where 300 employees are building the company's digital side. | Peter DaSilva for The New York Times PALO ALTO, Calif.- IN March 2009, an eternity ago in Silicon Valley, a small team of engineers here was in a big hurry to rethink the future of books. Not the paper-and-ink books that have been around since the days of Gutenberg, the ones that the doomsayers proclaim — with glee or dread — will go the way of vinyl records.
No, the engineers were instead fixated on the forces that are upending the way books are published, sold, bought and read: e-books and e-readers. Working in secret, behind an unmarked door in a former bread bakery, they rushed to build a device that might capture the imagination of readers and maybe even save the book industry.
They had six months to do it.
Running this sprint was, of all companies, Barnes & Noble, the giant that helped put so many independent booksellers out of business and that now finds itself locked in the fight of its life. What its engineers dreamed up was the Nook, a relative e-reader latecomer that has nonetheless become the great e-hope of Barnes & Noble and, in fact, of many in the book business.
Several iterations later, the Nook and, by extension, Barnes & Noble, at times seem the only things standing between traditional book publishers and oblivion.
Inside the great publishing houses — grand names like Macmillan, Penguin and Random House — there is a sense of unease about the long-term fate of Barnes & Noble, the last major bookstore chain standing. First, the megastores squeezed out the small players. (Think of Tom Hanks’s Fox & Sons Books to Meg Ryan’s Shop Around the Corner in the 1998 comedy, "You’ve Got Mail".) Then the chains themselves were gobbled up or driven under, as consumers turned to the Web. B. Dalton Bookseller and Crown Books are long gone. Borders collapsed last year.
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