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Escrito por Teresa Ma. Amiguet
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Jueves 09 de Febrero de 2012 23:01 |
 'Vieja tienda de curiosidades', por Charles Dickens, escrito en 1840-1, (guache sobre papel). Getty images
Él nos enseñó a celebrar la Navidad, aunque también quien denunció la dureza de la Inglaterra victoriana. Su éxito le convirtió en el autor más seguido de su tiempo, precursor de la era de los escritores mediáticos líderes de opinión. Éstas son diez de las claves de su éxito perdurable.
Charles Dickens. Su nombre evoca tiernas postales navideñas pero también lúgubres hospicios y retratos del Londres victoriano más injusto. Él desveló en su obra las desigualdades sociales de la que era por entonces capital del mundo, consiguiendo con su denuncia convertirse en uno de los mayores autores de bestséllers de la historia de la literatura.
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Escrito por Pedro Monge Rafuls
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Miércoles 08 de Febrero de 2012 20:49 |

COMUNICADO DE PRENSA
Información: Pedro Monge Rafuls. 347-738-6323
Ya en el siglo XIX, el poeta José Ma. Heredia fue criticado por haber pedido un permiso para regresar a Cuba; y desde su exilio en México, visitar la Isla.
Durante los más de cincuenta años del exilio actual, mucho se ha discutido sobre si los artistas exiliados deben ir a Cuba, y hacerle el juego al castrismo. O si por el contrario, los artistas residentes en Cuba representan al gobierno cuando vienen a los Estados Unidos, sobre todo a Miami. Conocidos cantantes de Miami han dicho públicamente, en repetidas ocasiones, que irían si les permiten cantar lo que deseen. Algunos importantes intelectuales también han dicho que irían a La Habana, si pueden discutir y presentar sus puntos de vista, sin ningún obstáculo.
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Escrito por Martín Caparrós
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Miércoles 08 de Febrero de 2012 20:22 |
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Hace ahora cuatro años me embarcaba en un fracaso más: el principio de un diario. Aquel se llamaba Crítica de la Argentina, lo iba a dirigir Jorge Lanata y yo a subdirigir. Saldría en marzo de 2008; en esos días de verano lo estábamos armando. Para contribuir a ese armado organicé un pequeño ayudamemoria que titulé Por el estilo y subtitulé, swiftly, "Modestas proposiciones para mantener la buena relación y convivencia entre los escribas del diario Crítica y sus queridos puestos de trabajo".
El que no las mantuvo fui yo. Duré muy poco en mi puesto de –relativo– mando; no estaba muy de acuerdo con la derrota general, y a poco de salir ya me había ido. El textículo siguió dando vueltas por ahí, para uso sobre todo de colegas, pero nunca quise publicarlo; hasta ahora –si es que esto puede llamarse publicar. Se habla tanto de periodismo, últimamente; ésta, creo, es otra forma de hacerlo. Esto no es un libro de estilo. Por no ser, no es siquiera una libreta de estilo; sólo se trata de proponer ciertas normas de estructura y escritura que unifiquen los criterios de redacción de Crítica.
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Escrito por José Ángel Mañas
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Miércoles 08 de Febrero de 2012 20:17 |
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Uno de los que ha descrito con mayor plasticidad el estado actual de los artistas ha sido el escritor Agustín Fernández Mallo: "A veces los creadores somos como osos de Alaska a quienes se les derrite el hielo bajo los pies. Gritamos, pero eso no evitará que el hielo siga derritiéndose". No podía estar más de acuerdo. Pero no olvidemos que los osos saben nadar.
La imagen me parece un buen punto de partida para reflexionar sobre las incómodas circunstancias en las que se encuentran actualmente los artistas y sobre su problemático encaje en el siglo XXI, que será -lo podemos decir ya- el siglo de la información. He leído en alguna parte que, si apilásemos CD con toda la información que hemos ido acumulando durante los últimos años en Internet, el conjunto daría para llegar de aquí a la Luna. Hay pocas cosas ciertas en este inicio de milenio, pero una de ellas es que nunca antes en la historia de la humanidad se había acumulado tanta información.
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Escrito por Arturo Pérez-Reverte
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Martes 07 de Febrero de 2012 20:13 |
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Tengo en la biblioteca una Bounty de casi un metro de eslora, dentro de una urna de cristal. Ese barco –aunque originalmente era un carbonero de tres palos, escribo su nombre en femenino por razones más sentimentales que técnicas– presidió buena parte de mi infancia, animada por relatos sobre el mar entre los que, naturalmente, se contaba el motín de sus tripulantes en Tahití contra el despótico capitán Bligh en 1789: odioso personaje, aunque buen marino, que fue interpretado en el cine sucesivamente, y en los tres casos de forma espléndida, por Charles Laughton, Trevor Howard y Anthony Hopkins. El caso es que, como digo, ese barco inspirador de la trilogía que sobre el episodio escribieron Nordhof y Hall –conservo Rebelión a bordo, Hombres contra el mar y La isla de Pitcairn en el grueso volumen que perteneció a mi padre– formó parte de mi más temprana educación en lo que a barcos se refiere. Antes de cumplir los nueve años, la Bounty era tan habitual en mis primeras singladuras imaginarias como el ballenero Pequod, la Hispaniola donde navegó Jim Hawkins, el Nautilus del capitán Nemo, o el Arabella, buque pirata del capitán Blood.
Mi Bounty –comprendan el legítimo orgullo de propietario– es magnífica: casco hueco, tracas claveteadas, lijadas y barnizadas sobre las cuadernas, madera, latón, velas aferradas en las gavias y la bandera británica en el pico de cangreja del palo mesana. Un trabajo artesano, ése, que puedo alabar sin reservas porque no es mío –los barcos que construí nunca fueron tan perfectos– sino de un amigo que lo hizo para mí, echándole al asunto todo su afecto y su arte. Y ahora luce, honrada como merece, en una urna de cristal encastrada en un panel de la biblioteca, visible tanto por babor como por estribor. Rodeada, naturalmente, de libros que hablan de mares y marinos.
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