Nobel de la Paz
Escrito por El Mundo. España   
Miércoles 14 de Octubre de 2009 00:00
Mijail Gorbachov, en los años 90

Mijail Gorbachov, en los años 90

¿Por qué le dan el Nobel? ¿Qué ha hecho?, se preguntaban, perplejos, los todavía ciudadanos soviéticos, mientras sentían que su mundo se les resquebrajaba bajo los pies, cuando el 15 de octubre de 1990 la Academia Sueca anunció la concesión del Nobel de la Paz a Mijail Gorbachov. El único presidente que tuvo la Unión Soviética, llevaba apenas siete meses en el recién inventado cargo (desde 15 de marzo del mismo año) y sólo le quedaba un año, hasta la 'muerte' y disolución de la URSS, al final de 1991. El poder lo ejercía, antes como secretario general comunista, desde 1985. ¿Había hecho algo? Desde luego, facilitó la caída del Muro (fuera cual fuese su intervención, incluida su posible incapacidad de reconducir las cosas) y eso cambió la Historia. ¿Ha hecho algo Obama? Quizás él todavía no, pero su presencia también ha cambiado la Historia. En todo caso, dos personajes que concitan los mayores entusiasmos y alabanzas fuera de su país. Vean lo que escribía hace 19 años sobre Gorbachov el entonces alcalde de Madrid, AGUSTÍN RODRÍGUEZ-SAHAGÚN:

 

LOS NUEVOS RETOS

Desde el acceso de Gorbachov a la Secretaría General del PCUS, en 1985, he seguido con toda la atención que me ha sido posible su trayectoria, tanto en el terreno de lo escrito como en sus realizaciones políticas internas e internacionales. En julio de 1985, a los pocos meses de su aparición como líder soviético, en un artículo que titulé "Los cambios en el Kremlin, con Europa al fondo", analicé la remodelación de la cúpula soviética, especialmente la sustitución de Gromyko por Shevardnadze, como decisión que producía la esperanza de una Europa nueva.

Ya entonces ponía de manifiesto el dinamismo y habilidad que esos cambios significaban, el talante "abierto" del nuevo líder al añadir a la reforma (la "perestroika"), la transparencia informativa (la "glasnost") y su imaginación al poner en circulación, sucesivamente, nuevas y originales fórmulas hacia la distensión, acogidas entonces en Occidente con gran escepticismo y aceptadas hoy, con generosidad, como logros comunes.

En 1987, tuve la ocasión de visitar Moscú y Leningrado formando parte de la delegación parlamentaria española. Llegamos allí el mismo día que el nombre de Trotsky era recuperado para la Enciclopedia soviética.

Tuvimos oportunidad de encontrarnos con un gran número de dirigentes soviéticos y teóricos de la "perestroika" que habían abierto la puerta de un proceso que les venía impuesto por la necesidad de conseguir mayores cotas de bienestar para el pueblo, la necesidad de reducir los gastos de defensa y lograr unos niveles de investigación aplicada equivalentes a los del mundo occidental con el que querían entenderse de verdad, en lugar de vivir en la mutua y permanente desconfianza.

Moscú era ya una ciudad distinta de la que yo había conocido a finales de los sesenta, y se percibía en la calle y en los intelectuales una esperanza de cambio. Quizás se esperaban resultados demasiado rápidos en las condiciones de vida ciudadana.

Esa misma sensación la he percibido en mis posteriores viajes a diversos países del Este y en mis encuentros aquí con sus dirigentes. Especialmente, con ocasión de la visita que hizo a nuestra ciudad, acompañado de varios ministros soviéticos, el alcalde de Moscú, Gavril Popov quien, según recoge recientemente "Les nouvelles de Moscou" ha propuesto el "modelo Madrid" para la vida municipal de la capital soviética.

Todos los encuentros han servido también para confirmarme que, a pesar del problema de acertar en los ritmos de los cambios, estamos ante el acontecimiento histórico más importante de los últimos cuarenta años que abre un nuevo horizonte de esperanza para toda la humanidad. Y que su principal protagonista ha sido Mijail Gorbachov.

La fortuna ha querido que su visita a España coincida prácticamente con el otorgamiento que se le ha hecho del Premio Nobel de la Paz. Un premio que reconoce el fundamental papel que está ejerciendo "en el proceso de paz que caracteriza actualmente la situación de la comunidad internacional en importantes áreas" y que viene tanto a destacar la imaginación, valentía y habilidad demostradas en la concepción y dirección de su "perestroika", como a insuflar ánimos en las distintas etapas que aún le restan para el éxito final.

Nada tiene de extraño, por ello, que en sus primeras declaraciones, haya dicho que es a la "perestroika" a quien, sobre todo, se ha premiado.

Creo que hay que explicitar el importante papel en los países del Este, "el dejarles hacer su propia perestroika", aunque probablemente la historia nos dirá que en algunos de esos países la actitud de Gorbachov y su equipo internacional no se ha limitado a la pasividad, sino que ha impulsado o incluso presionado a favor del "cambio", lo que parece claro en el caso de la ex-RDA.

Ya nadie duda de la voluntad de Gorbachov de llevar adelante su reforma y apertura, pero hay también unanimidad en que "el hueso duro está aún por roer". La "glasnost" marcha sin dificultades importantes, un éxito difícil como todos sabemos. Las relaciones Este-Oeste están superando bien la primera prueba dura, el conflicto del Golfo, con el importante efecto positivo de revitalizar la ONU. Pero tanto el proceso de cambio económico, como el encaje de los nacionalismos, están aún en situación difícil y sin encauzar. Más aún, mientras no haya mejoras económicas sensibles en las condiciones de vida de los ciudadanos soviéticos, Gorbachov va a seguir viviendo en la paradoja de ser alabado en el exterior y quizás criticado en el interior. Situación que le va a obligar a poner en acción todas las cualidades que parece llevar dentro (imaginación, prudencia y audacia), a buscar las personas idóneas (necesita "un Shevardnadze de la economía") o a tomar también directamente en sus manos esas responsabilidades.

El premio Nobel de la Paz, indudablemente, es una ayuda moral y de prestigio. Está claro que necesita otras ayudas. Que no le falten, porque en la coyuntura internacional actual, el que la Unión Soviética tenga éxito no sólo les interesa a los soviéticos sino a todos los países del mundo porque, como ha dicho el propio Gorbachov, ello permitirá que se desarrollen "valores prioritarios comunes a la humanidad: paz, seguridad, libertad y posibilidades para cada pueblo de determinar su destino".

(El artículo 'Los nuevos retos' fue publicado por Agustín Rodríguez-Sahagún en El Mundo el 25 de octubre de 1990)


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