|
El camino hacia la normalización política e institucional en Honduras está a punto de llegar a su fin. Las reacciones de la comunidad internacional confluyen en un respaldo al presidente electo, Porfirio Lobo, después de las elecciones, de la decisión del Congreso Nacional de no restituir a Manuel Zelaya y de que hasta los zelayistas hayan arrojado la toalla. Unas elecciones, además, que fueron limpias y democráticas, según los observadores independientes. Ese reconocimiento al triunfador es la posición tanto de la Administración Obama como de la Organización de Estados Americanos, pasando por países como Brasil, que estudia ya aceptar los resultados y en cuya embajada se esconde el presidente depuesto, o por figuras como el presidente de Costa Rica y mediador en el conflicto, Óscar Arias.
El Gobierno español, que dio un primer paso cuando aseguró que no reconocía, pero tampoco ignoraba, las elecciones, debe recomponer las relaciones con Honduras en un ejercicio de pragmatismo político similar al de EE UU o la OEA. Lo que no implica, sin embargo, una legitimación de la forma en que fue destituido Zelaya. Pero si queda alguna duda sobre cómo proceder, basta comprobar qué gobiernos se niegan a reconocer a Lobo: Venezuela, Bolivia, Cuba o Nicaragua.
|