Home Otros Temas Especiales María Cristina Herrera In Memoriam El vuelo de una mariposa. EL REGRESO DE UNA HIJA “NO PRÓDIGA...” [7]

El vuelo de una mariposa. EL REGRESO DE UNA HIJA “NO PRÓDIGA...” [7]
Escrito por María Cristina Herrera   
Viernes 02 de Julio de 2010 14:06

mariposa7Mi condición de mujer de la Iglesia es elemento central de mi existencia desde los trece años. Aquí también mi madre pesa de manera sensible. Ella siempre tuvo una fe sencilla y sólida. Fue la única de los diez hermanos que frecuentaba los sacramentos y daba testimonio de su condición cristiana por lo que hacía en obras de asistencia social, cotidiana y fielmente por todos los años que vivió en Santiago de Cuba hasta su partida en junio de 1962. Si bien no se desarrolló intelectual ni profesionalmente, sin embargo, su maravillosa inteligencia primitiva y su sensibilidad humana le proporcionaron antenas sociales y espirituales muy enriquecedoras para ella y para mí. Desde los diez años yo enseñaba catecismo a niñitos y niñitas preescolares, en las mañanas sabatinas en una esquina del patio del Colegio de Dolores de los PP. Jesuitas en nuestra ciudad. Esta vivencia tierna y bonita de catequista infantil me permitió –ya desde tan temprana edad- empezar a darme cuenta del doble disfrute de enseñar y de servir como obrerita de la mies del Reino.

Hasta los 32 años, ya en el destierro, continué testimoniando el Evangelio en el trabajo catequético en Miami. Cotidianamente en mi trabajo docente universitario por más de tres décadas he compartido con miles de estudiantes conocimientos, experiencias, sentimientos y vivencias importantes que siempre ofrecen colores, olores y sabores religiosos y espirituales. Respetando el derecho de los que dicen no creer..., he mantenido el mío de expresar mis creencias que, por supuesto, desbordan el ámbito religioso sin marginarlo. Comparto una anécdota en el aula: un día me pregunta un estudiante, “Profesora: ¿qué es la fe? Así..., sin ton ni son..., rápido y directo le contesto: la fe es como una llamada telefónica con cargo revertido... Veamos lo que esto quiere decir: suena el timbre del teléfono, uno contesta y oye la voz de la operadora que dice, de Cuba a cobrar ahí, ¿acepta Vd. los cargos? Por supuesto que uno acepta pagar la llamada porque sabe quién es la persona que llama. Pero hasta que uno no dice que sí no escucha la voz de esa persona ni su mensaje... Con la fe adulta y crítica sucede algo similar. Hay que disponerse a escuchar la voz de Dios. Hay que dar el sí a Dios antes de entrar en el mundo sorprendente de la experiencia de fe y la vivencia íntima de la espiritualidad... Mi Dios no se impone... Él solamente nos invita a conocerle para luego amarle irremediablemente...”24

Después de salir de Cuba, el primer intento de comunicarme directamente con mi arzobispo santiaguero fue en 1974. Ese verano viajé a Madrid a encontrarme allí con Leonel de la Cuesta pues ambos suponíamos que íbamos a compartir la experiencia inusitada de regresar a Cuba juntos por vez primera. Por ese entonces no se podía viajar directo de EE.UU. a la Isla. Desde la Semana Santa -a mediados de abril ese año- habíamos recibido una invitación verbal de un funcionario en la Delegación de Cuba ante las NN.UU. para viajar ambos a nuestro país. Fue en el apartamento neoyorquino de Leonel que ambos nos reunimos con Alfredo Pila de Armas y con quién compartimos una conversación intensa, tensa e inolvidable que se extendió por más de nueve horas... Comenzamos a las 3 p. m. de ese Viernes Santo y nuestro interlocutor partió pasada la medianoche... Leonel y yo terminamos exhaustos y nos aprestamos mental y emocionalmente a viajar a Madrid en el verano para de allí volar a Cuba. De hecho regresamos a EE.UU. desilusionados y algo molestos porque la visa ofrecida por el compatriota Alfredo Pila nunca llegó al consulado cubano en Madrid ni hubo una excusa racional. Desde entonces aprendimos que en cosas de Cuba y con los cubanos insulares “la norma es la no-norma... y siempre hay misterio y arbitrariedad...” Antes de viajar a la Madre Patria, por supuesto, yo le había escrito a Mons. Meurice informándole de la posibilidad de mi visita. Entonces yo desconocía el estilo de trabajo de los funcionarios cubanos. Treintiún años después nada me sorprende y he aprendido a desarrollar otra piel emocional y cultural en cualquier trato con compatriotas que viven en Cuba –oficialistas o no- que me ayuda a bregar con el entorno isleño y sus complejidades.

Algo que, sin dudas, me ha dado, a la par, estabilidad y esperanza desbordando los avatares de mi vida alejada del suelo cubano… es mi empate personal, social, ético y religioso con los amigos que se quedaron en Cuba dentro de la Iglesia reducida y maltrecha, y que, a partir de 1979, paso a paso, golpe a golpe, ha podido reverdecer sus laureles y se ha logrado situar junto al pueblo en su peregrinar diario.

Mi vivencia eclesial cubana es hermosa, intensa y muy diversa. Mi abuela materna vive sus últimos veinte años en un convento luego de haberse casado a los 15 y haber tenido 10 hijos, más de dos docenas de nietos y algunos biznietos. Mi madre siempre rezaba cotidianamente conmigo en las noches; asistíamos a la misa dominical y muchas veces íbamos a misa en días de semana. Mi hermano fue alumno de los PP. Jesuitas en Santiago de Cuba y yo estudié en el Colegio del Sagrado Corazón. Tenía yo 6 años en 1940 y fui testigo de una experiencia familiar-cultural y religiosa inolvidable. Mi abuela Concha convocó a sus diez hijos, nueras y yernos a mi casa para anunciarles que se iba al convento de las Religiosas del Apostolado de la Oración [una comunidad religiosa de origen cubano]. La sala de casa estaba colmada de gentes hablando todos al unísono (elemento importante de la idiosincrasia nuestra). Yo estaba sentada en una sillita infantil mirándolo y oyéndolo todo... Mi abuela se había lastimado una pierna y la tenía levantada y estirada. Cuando ella le dijo a la tribu allí reunida que había conseguido licencia especial para entrar a un convento y que ya lo tenía todo dispuesto al respecto... fue como si una bomba hubiese explotado allí mismo. Mis seis tíos maternos que eran descreídos, anticlericales e irreverentes, daban gritos estridentes bordados por un rosario de palabras fuertes... Mis tías se santiguaban azoradas e incrédulas... Solamente mi madre estaba callada y empezó a cerrar ventanas apenada de que los vecinos oyeran el escándalo... Yo contemplaba el espectáculo entre confusa y divertida: poco a poco reinó cierta calma y mi abuela repitió pausadamente sus razones y voluntad de terminar sus días terrenales como religiosa en un convento...

Hasta el 31 de octubre de 1959 ella fue parte de esa comunidad de mujeres consagradas a labores educativas de niñas cubanas de las clases medias y altas, incluyendo un Hogar Universitario en La Habana para cubanitas que venían de muchos puntos de la Isla a estudiar a la capital. La Madre Concepción dio clases de bordado y fue portera en las postrimerías de su vida terrenal... dando testimonio de amor, servicio y humildad después de haber sido la esposa del primogénito –mi abuelo materno- del “Buey de Oro.” Así llamaban en Santiago de Cuba a D. Manuel Fernández Rosillo –mi bisabuelo materno- el ganadero más acaudalado de la zona. Como mi abuelo “Nelito” murió joven..., sus hermanos “controlaron la herencia...” y dejaron a mi abuela y sus 10 hijos, por lo menos, en franca desventaja financiera. La futura monja, por supuesto, no estaba preparada para asuntos económicos y administrativos... ni mucho menos para una disputa familiar sobre la herencia de su suegro. La finca (“La Escuela”) que recibieron los hijos en conjunto era sólo de 20 caballerías de tierra: mis padres, recién casados empezaron a comprarle lotes de 2 caballerías a algunos de mis tíos y llegaron a tener una colonia de 10 caballerías de caña y una hortaliza doméstica de frutos menores. Así mi padre que era estudiante de Cirugía Dental al cierre de la Universidad de La Habana por el Machadato, se hizo colono y con los años y su trabajo honrado llegó a tener otra colonia de caña en la zona de Palma Soriano (“La Gloria”) unas tres veces más grande y a mediados de los años cincuenta ya era un colono mediano que llegó a ser parte de la Directiva Nacional de la Asociación de Colonos de Cuba y del Banco Nacional de Colonos de Cuba. Hasta mi salida inicial de Cuba en el verano de 1961, yo era en ámbitos eclesiales “la nieta de la monja...” Monseñor Enrique Pérez Serantes así me llamaba y a ratos también me decía “la rebelde...”

Mi relación con este Pastor santiaguero fue muy singular: pastoral, filial, sólida, tierna. Yo iba al Arzobispado con frecuencia y era siempre recibida como de la casa. Cuando un matrimonio muy católico -y con medios para hacerlo- le regaló a Monseñor Enrique un elevador personal, sus pasajeros éramos él y yo. Yo entraba, iba al elevador y subía a su despacho o esperaba arriba, sentada en unos de los famosos sillones de caoba y pajilla, hasta que el Arzobispo estuviera disponible. Cuando me asomaba a la puerta y él me hacía gestos con la mano para que me acercara a su escritorio y me sentara en una de las sillas frente a él..., siempre alzaba su voz impresionante y gritaba: “¡Rosa... trae un jerez para la nieta de la monja...!” Para mí él fue otro padre. Me sentía libre de ir a “descargarle...” de cualquier cosa que me parecía importante o me molestaba eclesialmente. Narro dos anécdotas significativas que conservo en “mi caja fuerte vivencial...”: a) En marzo de 1950, en la fiesta de San José (19 de marzo) mi mejor amiga en el colegio y yo íbamos a recibir la Medalla de Hija de María; madrugamos para caminar hasta nuestra Parroquia de La Sagrada Familia y confesarnos antes de ir al Colegio a recibir nuestras medallas de congregantes marianas. Las alumnas del Sagrado Corazón valoramos estas medallas de manera muy especial. Yo tenía 15 años. Ya en el confesionario le digo al sacerdote por la rejilla: “Padre, quiero hacer una confesión general porque hoy voy a recibir mi medalla de congregante mariana en el Colegio...” Dime tus pecados me responde. Le comunico mis faltas y suena su risita sarcástica... ¿Y cuáles son tus pecados mortales...? No tengo ninguno... Entonces se lanzó a hacerme preguntas puntuales sobre cuestiones sexuales...

Escandalizada le espeté a la cara: “Oiga...: ¿se está Vd. haciendo un coco conmigo...?” En cubano ésta es una expresión popular cuando alguien tiene fantasías sexuales... Al salir del Colegio me fui disparada al Arzobispado: entré temblorosa a contarle a Monseñor Pérez Serantes mi experiencia en el confesionario esa mañanita... Monseñor Enrique agarró el teléfono y llamó a mi Parroquia y citó al cura de marras a su despacho esa misma tarde. Desconozco los detalles de ese encuentro pero sé que el individuo tiene que haber pasado “¡las de Caín...!” (4) Unos años más tarde en 1959, yo fui parte de un proyecto de alfabetización-evangelización y promoción humana en las inmediaciones del Santuario del Cobre. Un grupo numeroso y diverso de jóvenes de Acción Católica –con destrezas múltiples- viajábamos por carretera en una camioneta y empezábamos a trabajar con una gran comunidad campesina de la zona –mujeres, hombres y niños de todas las edades y mezclas de etnias y razas-. Se impartían clases de aritmética, lectura, escritura, historia, geografía, corte y costura, teneduría de libros, economía doméstica, mecanografía y catecismo –para niños y adultos-. Llegando el fin de curso, fuimos a hablar con el cura párroco del Santuario para programar con él los bautizos, bodas, primeras comuniones y confirmaciones, así como matrimonios de los participantes en este programa amplio y diverso. Por supuesto, queríamos la presencia y participación de Monseñor Pérez Serantes en los festejos.

El P. Mario (Párroco del Santuario del Cobre) nos empezó a hablar de “los costos de todos estos servicios sacramentales y pastorales” (tanto por bautizo; tanto por boda; tanto por las confirmaciones que impartiría el Sr. Arzobispo...: a dos pesos por cada confirmación y a peso por cada uno de los otros sacramentos). Al día siguiente me le aparecí al Arzobispo y le dije: “Monseñor nos quieren cobrar a $2.00 por cada galleta suya...” (los obispos confirman dando una palmada en la cara de los que reciben este sacramento). Y yo creo que Vd. debe ir, confirmar, regalarnos su presencia y la administración de los sacramentos sin cobrar... Él me respondió, ¡pues no faltaba más...! Yo me ocupo del P. Mario.” Y aquella fiesta fue una experiencia hermosísima de cubanía y de evangelio vivo..., con Mons. Enrique “regalando sus galletas...” y compartiendo la comida del cuerpo y del espíritu con su pueblo y con su familia eclesial.

En el año de 1953, siendo yo la presidenta de la JUC (Juventud Universitaria Católica) en Santiago de Cuba, celebramos en los salones del Club San Carlos una gran Asamblea Inter-Diocesana de las Juventudes de Acción Católica con la participación de militantes y dirigentes de las seis diócesis de entonces y con la asistencia de los presidentes nacionales de las distintas ramas de la AC. Fue un momento importante de la presencia eclesial en la plaza pública de la sociedad santiaguera y un ejercicio preparatorio para el Congreso de Pax Romana de 1954 – La Asociación Mundial de Estudiantes e Intelectuales Católicos- en la capital cubana en el que yo participé como delegada por la Juventud Universitaria Católica (JUC) de Oriente.

El año de 1959 fue el primero del poder revolucionario y el último de vida normal para la Iglesia católica en Cuba. Hubo intercambio abierto de discrepancias y debate entre acciones del gobierno y jerarcas eclesiales. La voz jerárquica más frecuente fue la de Mons. Enrique Pérez Serantes, Arzobispo santiaguero.25. Desde septiembre de 1961 hasta agosto de 1979, la comunidad eclesial se refugia en sus catacumbas tropicales.

En los albores del siglo XXI, la Iglesia Católica en Cuba mantiene su reclamo de un espacio en los medios de comunicación que todavía no ha conseguido y que, probablemente, logrará en alguna fecha futura no determinada. La presencia y participación eclesial en suelo cubano se ensancha y profundiza lenta pero significativamente a partir del ENEC (Encuentro Nacional Eclesial Cubano) en febrero de 1986 y adquiere velocidad y diversidad a lo largo de los años noventa –durante la crisis desencadenada por la desaparición del socialismo real en Europa del Este y la URSS- que limita de muchas maneras los recursos y la capacidad del Estado y del Gobierno cubanos para enfrentar las necesidades básicas de la población, lo que precipita la creación de espacios para la acción individual y el trabajo eclesial en campos adicionales (programas culturales y de asistencia social) a la labor misionero-pastoral.

A partir de noviembre de 1978 he vuelto a sentirme parte viva de la comunidad eclesial isleña: visitas allá y acá, experiencias compartidas de índole cultural, intelectual, social y religiosa;.largas y nutritivas conversaciones sobre toda una gama de temas de interés meta-eclesial que han creado y vivificado unas relaciones de respeto y afecto mutuos que desbordan factores de edad, afinidad profesional, diferencias en personalidad y ópticas sociopolíticas. Además, todo esto va conformando un colectivo cubano-eclesial prometedor en su potencial solidario. Pienso que, de alguna manera, nuestra fraternidad dialécticamente vieja y nueva al mismo tiempo..., es retoño reconciliador... Los cubanos en los albores del tercer milenio que somos hijos de Cuba y de su Iglesia somos expedicionarios que queremos encontrar y acortar la ruta de esa urgente peregrinación nacional hacia el mañana común... La obra paciente de todos en la familia eclesial cubana -en ambas orillas del Jordán criollo- cosechará el ciento por uno que promete Jesucristo en su prédica sobre el Reino... Lo consolador para nosotros es saber que lo importante es sembrar en la certeza de que habrá cosecha que otros recogerán. Personalmente, ya husmeo el aroma de esos frutos anticipados en actitudes, criterios y conductas frescos que se perciben en ámbitos cubanos hasta hace poco crispados por el miedo, la desconfianza, el desconocimiento y la desesperanza.

Estos procesos difíciles y sensibles se inician con timidez y proceden con lentitud pero, poco a poco van agarrando una velocidad, ritmo y dirección propios que sorprenden a los que en ellos participan: sabemos cuándo damos los primeros pasos y el destino que buscamos pero el curso, las vueltas, los baches y los resultados parciales y finales de éstos pertenecen al ámbito de lo misterioso y sorprendente... Cuando regreso a mi seno eclesial en la Isla, me voy dando cuenta poco a poco de la fuerza de lo pequeño y del poder... de los sin poder... En términos materiales y humanos mi Iglesia se había encogido y debilitado bastante pero su talla espiritual y cultural -que estuvo por 20 años larvada...-, ha retoñado con fuerza y frescura nuevas y para muchos también inesperadas... A partir de 1979 la Iglesia en Cuba emprende un camino lento, profundo y renovador en el empeño de repensar su misión y situación dentro de la sociedad cubana a la vez que, reafirma su deber y derecho de rescatar su lugar junto al pueblo cubano en su peregrinar nacional.

La REC (Reflexión Eclesial Cubana) lanzó a la comunidad católica en Cuba a un proceso de autocrítica histórica con el fin de calibrar sus recursos y responsabilidades misioneras y evangélicas en el presente y de cara al futuro. Toda esta energía revitalizadora se corona en el ENEC (Encuentro Nacional Eclesial Cubano) de febrero de 1986 que saca de las catacumbas a la comunidad eclesial católica en la Isla. Esta actividad es el final de una etapa y el comienzo de otra. En los pasados quince años el crecimiento y legitimidad de la Iglesia Católica en Cuba se ha mantenido en curva ascendente, si bien sigue siendo una minoría en el ámbito religioso de la Isla. Sin embargo, el gobierno, las otras comunidades religiosas y muchos en el pueblo sí saben que la Iglesia en Cuba es parte de una enorme, hermosa y extendida familia –unida y dispersa a la vez- por todo el planeta. La jerarquía católica insular ha sido cautelosa en no dar publicidad en cifras y ha querido mantener un deliberado bajo perfil al respecto.26 Mucho más que los números lo que cuenta son los espacios ganados en el entramado sociocultural por y para ella. Cierto es que no se ha logrado la presencia eclesial en el ámbito de los medios de comunicación ni se ha conseguido avanzar la agenda de un retorno eclesial al mundo educativo.

No es menos cierto, sin embargo, que no se han perdido esos espacios ya ocupados por proyectos eclesiales en actividades culturales y de asistencia social [publicaciones; cine; ciclos de conferencias; suministro de medicamentos y cooperación con hospitales, asilos y orfelinatos; programas alimenticios para ancianos; programas para jóvenes; programas de ayuda a personas con problemas de alcohol y drogas; programas para niños con problemas mentales y emocionales; programas para leprosos y enfermos de SIDA; entre otros]27. La entrada a la Isla de nuevos agentes pastorales –sacerdotes, religiosas y religiosos- sí ha sido consistentemente limitada por las autoridades gubernamentales en Cuba. A cuenta gotas y luego de largas y pacientes negociaciones entre la COCC (Conferencia de Obispos Católicos de Cuba) y la Oficina de Asuntos Religiosos del PCC, si acaso, es que se logra una visa temporal para personas de distintos países del mundo que han expresado disposición en ir a misionar a Cuba y que llevan años esperando poder viajar a la Isla y ubicarse con los locales en el trabajo amplio y arduo de evangelizar a la sociedad cubana y a su pueblo.

A comienzos del siglo XXI, la Iglesia en Cuba vive una situación, al menos, peculiar. De cierta manera es hoy dialécticamente débil y fuerte al mismo tiempo. Es débil por su ausencia de los medios masivos de comunicación que disminuye su presencia en vivo y directo en la sociedad y en la población: no tiene programación radial ni televisada; no aparece información eclesial alguna en la prensa escrita oficial. Sus canales de comunicación con las autoridades políticas del país, si bien existen y han mejorado, no tienen ni la consistencia ni la regularidad de otros vínculos paralelos dentro de la sociedad insular. Hacia adentro de la comunidad católica en la Isla hay problemas diversos y sensibles que, por supuesto, afectan y limitan el trabajo pastoral urgente en un país de más de 11 millones de personas.

La inmensa mayoría de la población, por más de 40 años, ha vivido marginada de un entorno religioso institucional exigente y abarcador. La información religiosa ha sido escasa y no sistemática; la formación religiosa se ha enfocado, preferentemente, a los futuros agentes pastorales en seminarios y noviciados. Desde los años noventa, el trabajo pastoral se ha concentrado en grupos laicales con intereses específicos –especialmente en tareas culturales y periodísticas-. La Iglesia Católica en Cuba 2004, desborda labores catequéticas, sacerdotales y de asistencia a los necesitados. El laicado criollo-junto a un puñado proporcionalmente decreciente de sacerdotes, religiosas y religiosos- es el que carga sobre sus hombros, cabezas y corazones el trabajo de predicar el Evangelio a todos los que tocan a las puertas de parroquias, casas de oración, capillas, santuarios, conventos y asilos. Las dificultades sostenidas a lo largo de los años en lo referente a la entrada al país de agentes pastorales –sacerdotes, religiosas y religiosos- han limitado y demorado el trabajo misionero con muchos que están regresando a la Iglesia [los nuevos de todas las edades con una ignorancia crasa en cuestiones religiosas; los que se fueron y están regresando a la familia creyente –hijos pródigos con diferentes cargas intelectuales, profesionales, culturales y emocionales que complican y complejizan el trabajo apostólico y la vida ad intra en las parroquias y comunidades a lo ancho y largo de la Isla].

La fuerza nueva de la Iglesia en los últimos 20-25 años radica en el reconocimiento que va cobrando, lentamente, en el seno de la población. Este respeto tiene matices éticos: la gente busca amparo en la comunidad eclesial [medicamentos, alimentos, entrenamientos básicos para lograr empleo, consejería legal y cibernética, espacios culturales, estímulos intelectuales y espirituales]. Con todo y a pesar de todo, la Iglesia en Cuba en los albores de este siglo ha rescatado su espacio, pequeño y humilde junto al cubano de a pie. Golpeada y maltrecha durante las dos primeras décadas revolucionarias y escondida en sus catacumbas tropicales, ha vuelto a pararse y ha echado a andar. Su paso es lento pero firme. Poco a poco se han reverdecido sus raíces. Sus hijos fieles en casa y en el mundo nos agarramos de la esperanza que nuestra Iglesia haya dejado atrás el espejismo del triunfalismo y se nutra del amor encarnado en la solidaridad con los más débiles y en el convencimiento de la fuerza de lo pequeño la solidaridad abierta y extra religiosa.

Uno de los elementos más nuevos en la experiencia eclesial de años recientes en Cuba es el de la proliferación de comunidades de creyentes –encabezadas mayormente por laicos- en zonas rulares en las que nunca antes hubo un trabajo o una presencia religiosa. Existen también cotos nuevos para el trabajo eclesial en áreas metaurbanas (anillos crecientes de población alrededor de ciudades y pueblos). Entre otras, conozco del trabajo que se está realizando en toda la zona agreste entre la Sierra Maestra y el mar en mi terruño de Santiago de Cuba. La Iglesia en Cuba es ahora también y cada día más..., una Iglesia en el campo y no sólo –o mayormente- una Iglesia urbana. Es una Iglesia con estrecheces informativas y formativas que se compensan por el ardor apostólico y la solidaridad de su gente con los otros, que muestran curiosidad o sufren necesidades. La Iglesia, que busca ampliar espacios dentro de la sociedad, brinda espacios vitales a los que llegan cansados, desorientados, indecisos y confusos. No es solamente una institución y una comunidad religiosa y espiritual; es también un sitio existencial al que se acude para respirar aire fresco y descubrir la esperanza. La Iglesia en Cuba mantiene las puertas abiertas como manos extendidas para todos –creyentes o no- que quieran asomarse y entrar, sin condiciones ni reloj. Ni se pide ni se da carnet de identidad... se recibe a todos con los brazos, la mente y el corazón abiertos.28


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Canción a Ma. CRistina

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Canción dedicada a María Cristina Herrera, compuesta e interpretada por Emilio Cueto. Este es un pequeño homenaje póstumo a María Cristina. Estaba editando el video para darle una sorpresa cuando la perdimos. Espero que también ella disfrute esta bellísima música... (futuros21)