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Escrito por Gabriel García Márquez
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Martes 22 de Mayo de 2012 22:33 |
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Texto publicado el 26 de junio de 1988 en La Jornada. Por decisión del Nobel colombiano, ahora se publica en ocasión de la muerte de su amigo.
 Gabo y Fuentes en imagen del 22 de octubre de 2003; al fondo, Silvia Lemus, esposa del autor fallecido el pasado martesFoto Cristina Rodríguez
Mi amistad con Carlos Fuentes –que es antigua, cordial, y además muy divertida– se inició en el instante en que nos conocimos, por allá por los calores de agosto de 1961. Nos presentó Álvaro Mutis en aquel Castillo de Drácula de las calles de Córdoba, donde toda una generación de escritores, tratando de hacer un cine nuevo, precipitábamos a Manuel Barbachano Ponce en la primera y más gloriosa de tantas ruinas. Yo había llegado a México dos meses antes, con la cabeza llena de novelas y películas que no encontraban por dónde salir, y había leído La región más transparente, poco después de su publicación. Esto era apenas natural, porque esa novela había tenido una divulgación muy amplia en América Latina, y por todas partes se hablaba de ella –con toda justicia– como de un acontecimiento literario. Lo sorprendente para mí fue que Carlos Fuentes no tuvo que escarbar en la memoria para quién era yo, y me dijo de entrada que había leído las dos únicas novelas que yo había escrito hasta entonces. Pensé, por supuesto, que se trataba de esa fórmula de cortesía que nos salva de tantos naufragios sociales, sobre todo entre escritores, pues mi primera novela se había publicado seis años antes en Bogotá en una edición perdularia que no alcanzó a llegar hasta la esquina, y el texto integral de la segunda, todavía sin corregir, se había publicado el año anterior en la revista Mito, que era tan excelente como escasa. El hecho de que Carlos Fuentes, las hubiera leído de veras, como pude comprobarlo de inmediato, me exaltó de vanidad. Sin embargo no pasó mucho tiempo para que se me bajaran los humos, pues muy pronto me di cuenta que la curiosidad literaria no reconoce tiempos ni fronteras, y que ya desde entonces era imposible sorprenderlo con una novedad de las letras. Esta curiosidad se centraba de un modo especial en las obras primeras de los escritores primíparos como lo éramos él y yo en aquellos tiempos de gracia.
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Escrito por Lola Galán
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Lunes 14 de Mayo de 2012 01:33 |
 Miguel de Unamuno fotografiado de perfil obra de José Limeses y Antonio M. Saralegui. Esta imagen tenía como fin sacar de ella una perfecta escultura Miguel de Unamuno.
La publicación de 'Cartas del destierro (1924-1930)' —300 misivas, un tercio de ellas inéditas— descubre a Unamuno como un escritor furiosamente político pero también inesperadamente doméstico. Además,Jon Juaristi publicará en otoño una nueva biografía del autor vasco
Mi querida Concha: (…) Quería que me enviases la nota de tu cuadernito de ingresos para llevarla a mi librito que he traído conmigo; especificado todo con fecha y al céntimo; sueldo, rentas, etc". Miguel de Unamuno lleva dos meses y medio confinado en Puerto Cabras (Fuerteventura), cuando escribe a su esposa, Concepción Lizárraga, el 26 de mayo de 1924. Y la carta, una de las muchas que enviará a su "querida Concha", y a algunos de sus hijos, durante sus seis años de exilio, revela una faceta suya poco conocida. La del padre de familia obsesionado con las cuentas domésticas, angustiado por la situación económica de los suyos, tanto como por la situación de España, bajo la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Una y otra preocupación están presentes en la correspondencia del exilio, que bajo el título Miguel de Unamuno. Cartas del destierro. Entre el odio y el amor (1924-1930) publica ahora Ediciones Universidad de Salamanca, en una cuidada edición a cargo de los hispanistas franceses y biógrafos de Unamuno Colette y Jean-Claude Rabaté.
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Escrito por Silvia Hernando
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Viernes 11 de Mayo de 2012 01:59 |
 El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, leyendo en los jardines de La Moncloa. / MARISA FLÓREZ Numerosos líderes políticos han desvelado sus gustos literarios | El último, el nuevo presidente francés Hollande, que se inclina por 'Germinal', de Zola
Entre los detalles que por el momento han trascendido sobre el carácter del recién elegido presidente francés, François Hollande, destaca uno sobre sus gustos literarios. El nuevo patriarca de los hijos de la república, y potencial figura clave en el devenir de todo el continente europeo, ha apuntado en una entrevista a la cadena de televisión RTL que su libro de cabecera es Germinal, de Emile Zola. La novela realista del siglo XIX narra la historia de un mísero pueblo minero que se embarca en una huelga con desenlace trágico, aunque a la vez esperanzador: a pesar del fracaso de la revolución de los trabajadores, queda la semilla para el futuro. Quien quiera leer entre líneas, tiene base para hacerlo. Como Hollande, otros mandatarios han reseñado sus preferencias a la hora de sentarse a leer. Y de ellas, se puede deducir mucho de su personalidad.
O no: ¿importa si los líderes leen? Si se le preguntara al candidato mexicano priista Enrique Peña Nieto, probablemente diría que sí. A él, no saber nombrar sus tres libros favoritos en la Feria de Guadalajara el pasado diciembre le costó la mofa pública en Twitter, donde en cuestión de horas circularon más de 60.000 mensajes reproduciendo la anécdota.
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Escrito por Javier Ruiz Portella
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Miércoles 02 de Mayo de 2012 04:21 |
"La civilización del espectáculo": gran aldabonazo de Vargas Llosa
A veces ocurre. Pocas, rarísimas veces, pero puede pasar. En medio del torpor en que la espuma gris de los días lo mece todo; en medio de la futilidad de unos tiempos inodoros e incoloros en los que nada grande se juega… y todo lo grande se hunde, ocurre que de pronto uno se ve sacudido por un acontecimiento grande, inesperado y que permite entreabrir un pequeño resquicio de esperanza. La publicación de La civilización del espectáculo, el reciente ensayo de Mario Vargas Llosa, forma parte de este tipo de acontecimientos.
Así es, tanto por las ideas desarrolladas en el libro como por la personalidad de quien las desarrolla. Que alguien con la trayectoria de quien fue galardonado en 2010 el Premio Nobel de Literatura; que alguien que constituye probablemente la figura hoy más prestigiosa de las letras hispánicas arremeta con semejante contundencia y claridad contra los males que diezman nuestra cultura, nuestro mundo y nuestra civilización: semejante cosa no es desde luego baladí. Lejos de situarnos ante un "mero asunto cultural", ello nos emplaza ante un acontecimiento de la más alta significación. ¿Por qué la publicación de La civilización del espectáculo no es ningún asunto "meramente cultural"? Por una razón muy sencilla. La cultura —la grande, "la cultura de gran estilo", que decía Nietzsche—, esa cultura que hoy perece a manos de la futilización, la banalización y el entretenimiento, esa cultura no es ella misma, contrariamente a lo que se cree, ningún "asunto cultural". Es un asunto vital, esencial: es el fuego mismo que arde en el hogar del mundo.
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Escrito por Jorge Volpi
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Sábado 28 de Abril de 2012 20:34 |
![[EVA VÁZQUEZ]](/images/stories/imgs2012/04/vazquez4.jpg) [EVA VÁZQUEZ] En 'La civilización del espectáculo', Vargas Llosa acierta al diagnosticar el final de una era: la de los intelectuales como él. Parece añorar los buenos tiempos en que una élite —justa e ilustrada— conducía nuestras elecciones
El último sabio de la tribu recorre el campo de batalla. Ante su mirada comparecen los árboles troceados, las cabañas incendiadas, los cuerpos exangües, los restos del pillaje y el saqueo, y no contiene su furia. Levanta los brazos y, con voz de trueno, impreca contra los bárbaros que han transformado al mundo en un páramo sin sentido. Con un nudo en la garganta, sigue su camino, consciente de que sus días están contados y de que —ay— ya nadie atiende sus consejos. Su nostalgia le impide recordar que, no hace tanto, sus palabras animaron la batalla.
En La civilización del espectáculo (2012), Mario Vargas Llosa se suma a la abultada lista de hombres de letras que, hacia el ocaso de sus días, se lamentan por la triste condición de su época. Si él no hubiese sido uno de los novelistas más portentosos y arriesgados del siglo XX —en muchos sentidos, el más joven—, recordaría al Sócrates que, en el Fedro, ruge contra la aparición de la escritura. Aunque a veces su tono moralista sea el de un héroe en el retiro, su voz mantiene la lucidez de sus mejores textos, aunque al final la ideología, más que los años, estropee algunas de sus conclusiones.
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