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El fin del pasado
Escrito por Armando Durán   
Miércoles 22 de Febrero de 2012 23:19

La jornada electoral del 12-F produjo dos hechos relevantes. El primero fue la respuesta masiva de los electores. Más de 3 millones de votos en unos comicios cuya naturaleza, históricamente, no despiertan ningún interés en la mayoría de la población. El otro, el entusiasmo arrollador que provocó esa noche la candidatura victoriosa de Henrique Capriles Radonski. Ambos fenómenos tienen un origen común: la firmeza de una unidad que los venezolanos han percibido como una renovación radical del tradicional liderazgo político venezolano, agotado hace muchos años y desacreditado por completo después de sus penosas maniobras electoreras de finales del 98. 

Este debate sobre lo viejo y lo nuevo se inició nada más conocerse el apoyo que decidieron brindarle Acción Democrática y Copei a la candidatura de Pablo Pérez. ¿La aplicación de maquinarias partidistas supuestamente formidables le rendiría a Pérez beneficios electorales suficientes como para compensar el peso muerto que significaba aliarse con esos partidos del pasado? Los resultados de estas elecciones primarias demostraron que el pueblo puede hacer como que olvida, pero recuerda. El daño ocasionado por esa memoria imborrable del pasado quedó demostrado en el hecho de que Pérez sólo derrotó a Capriles en el Zulia, escenario natural de su liderazgo. Esas dichosas maquinarias partidistas, sobre todo la de AD, sencillamente ya no existen. De ahí la enorme importancia de la alianza Pérez-Capriles, que se forjó la misma noche de las elecciones y que, por supuesto, se corresponde con las nuevas realidades políticas del país.

Esta reacción no significa, sin embargo, el renacer triunfal de fuerzas anti-partido. Se trata más bien de la configuración de un renovado cuadro de fuerzas políticas. De un lado el Partido Socialista Unificado de Venezuela y del otro Primero Justicia. La votación que generó la candidatura de Capriles en el área metropolitana de Caracas, en Miranda, Lara y Carabobo nos indica que PJ constituye una fuerza partidista capaz de enfrentar y dominar en esas áreas la del chavismo.

En el fondo, tenía razón Chávez cuando señalaba que el régimen que él ha pretendido imponer en Venezuela apenas era una etapa de transición. Con estas primarias se ha puesto ese análisis en evidencia. Donde antes reinaba el bipartidismo representado por Acción Democrática y COPEI, ahora comienza a elaborarse una nueva ecuación político-electoral. Con una diferencia. Si bien Chávez ha querido organizar su partido siguiendo los patrones leninistas que le habían permitido a los partidos de antaño establecer una rígida disciplina interna, retóricamente calificada de centralismo democrático, PJ se presenta como un aparato mucho más distendido, abierto a los liderazgos paralelos y a las alianzas tácticas, la de Capriles y Leopoldo López fue la primera, que ahora se articulan unitariamente alrededor de Capriles y que incluyen las fuerzas que apoyan a Pérez en el occidente del país y las que los Salas y Henry Falcón representan en la zona central. Para arrasar en las elecciones del 7 de octubre, Capriles sólo necesitaría consolidar estos apoyos y construir una plataforma electoral parecida en Anzoátegui, Sucre y Bolívar.  

Ahora bien, el armazón de este nuevo mapa político no significa que Acción Democrática y Copei hayan desaparecido del todo, sino que tendrán que asumir el papel que tras esta derrota les corresponde, el de pequeños o muy pequeños partidos que dependen exclusivamente de determinados liderazgos locales, muchos de los cuales, por temor a desaparecer en el torbellino de los nuevos tiempos que se avecinan, muy pronto podrían sentirse tentados a optar por darle su apoyo al PSUV o a PJ. Con un añadido que le imprime un vuelco adicional a la situación. Tanto Chávez como Capriles han reconocido estos días las claras diferencias ideológicas y políticas que existen entre sus particulares visiones del mundo. Entre "el progreso (la democracia moderna) que nosotros proponemos”, advirtió Capriles la noche de su proclamación, "o el del socialismo (a la vieja y desgastada usanza cubana) que propone el Gobierno.” Una disyuntiva que en definitiva apunta hacia los fundamentos sobre los que se desarrollará en los próximos meses el choque definitivo de ese pasado que paradójicamente encarna Chávez, y que como es natural se resiste a morir, y el futuro posible que parece aguardar a los venezolanos más allá de octubre. Sin duda, un recorrido que nos proporcionará muchísimas sorpresas.


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